
Llovía, había estado lloviendo y las previsiones meteorológicas no indicaban que aquello fuera a cambiar en los próximos días.
En la calle, los charcos inundaban las aceras, los jardines comenzaban a llenarse de barro y los carteles que anunciaban futuros conciertos se deshacían dejando marcas de pegamento en las fachadas de los edificios. Hacia horas que los comercios habían cerrado sus puertas, se había echo de noche y caminaba solitaria por aquella avenida. Comenzaba la madrugada.
Durante miles de segundos, se había dedicado a ponerse guapa, una rutinaria ducha de 10 minutos fue seguida de una ligera sesión de maquillaje y un toque de peluquería; estaba perfecta. Salio de su casa minutos antes de media noche, diversas y extrañas sensaciones recorrían su cuerpo alternativamente. De un instante a otro cambiaba del miedo a la locura, de la tristeza a la euforia, de la melancolía a la felicidad. Fue una noche fantástica para ella, disfruto al máximo y volvió a casa.
En el fondo de su bolso, oculto tras un paquete de pañuelos perfumados y su monedero, estaba su móvil, mudo, y almacenando decenas de llamadas perdidas y mensajes de voz. Ajena a los avisos del teléfono, entró en casa. En absoluto silencio e intentando hacer el mínimo ruido llego hasta su habitación, instantes después y sonriendo apoyo su cabeza en la almohada y cayó en las redes de Morfeo.
Una terrible manía por quitarse los calcetines antes de dormir, hacia que desde los últimos 4 años se despertara por las mañanas con los pies fríos. Tenía una manía mas reciente, durante los últimos doce días había sido incapaz de conciliar el sueño si dormía con algo en las muñecas. Pasara lo que pasara o tuviera las ganas que tuviera de irse a dormir, siempre sacaba cinco minutos para ella, se cepillaba los dientes, se soltaba el pelo y desnudaba sus muñecas. Tras el ritual se deslizaba entre las sabanas como una gota de agua por un cristal y en unos instantes estaba tranquilamente dormida. Al despertar se sentía como un mar en calma, totalmente relajada y renovada para enfrentarse a un nuevo día. Sus raras y curiosas manías.
Un despertador rompe el silencio existente en aquella casa inundada por los primeros rayos de luz de la mañana. Estira el brazo y logra parar aquel incordiante bip-bip-bip… con el que se despierta cada día. Juega a esconder la cabeza bajo la almohada, la claridad filtrada por aquellas rendijas de plástico es molesta y es incapaz de abrir los ojos. No tiene ni idea de la hora que puede ser, todavía no ha recuperado la noción del tiempo. Su cuerpo, sigue sumido en la más profunda relajación. Poco a poco va desperezándose ligeramente mientras deja de jugar al escondite. Minutos más tarde ha conseguido arrastrar su cuerpo hasta la cocina intentando no hacer ruido, los demás todavía duermen. Prepara su desayuno, como siempre una taza de leche con tres cucharadas de azúcar y media de café acompañada por un pedazo de croissant del día anterior.
Cae la tarde. Pasea tranquila y solitaria por las calles de la metrópolis. La gente va y viene, comercios llenos, vacíos, otros simplemente comercios sin más. Bares llenos, bares vacíos, terrazas que se llenan aprovechando la perfecta temperatura ambiente de aquella fantástica tarde de primavera. Familias felices, parejas a punto de convertirse en familias y niños, muchos niños felices o infelices que juegan a inventarse cuentos en los que ellos son los protagonistas. Continúa caminando, cree ver en todos aquellos niños su propio reflejo, recuerda que ella también imaginaba que los columpios la transportaban a un mundo a parte en el que todo era perfecto, pero cuando la fuerza de la gravedad la devolvía a la tierra se daba cuenta de que todo aquello quedaba encerrado en el mundo imaginado. Es tarde, después de unos últimos segundos de reflexión acerca de su infancia, pone rumbo de vuelta a casa. Enciende su ipod e instantáneamente logra quitar de su mente todos aquellos recuerdos. Acompañada por una buena canción de su grupo favorito, avanza por las calles que antes ha recorrido observando al detalle la manera en la que la gente actuaba. Al pasar por una avenida cercana a su casa, para frente a una juguetería, puede acordarse de cómo había sido capaz de convencer a su madre de que comprara aquella muñeca de trapo, no es una juguetería cualquiera, es su juguetería favorita. Sin pensarlo dos veces, entra en el local, de niña le gustaba el extraño ruido que hacía la madera a cada paso que daba con sus diminutos pies. Años después puede ver como los susurros de la madera han enmudecido y solo deja a su paso el sonido de sus tacones y alguna que otro rayón sobre el barniz. Da un par de vueltas por la tienda, y sin comprar nada, sale del mismo modo que entró. En su cara se pude ver una sonrisa sincera que derrocha ternura al salir de la embajada de los sueños.
18, 16,14 y al final de la calle puede verse como el doce numera su portal. Doce, aquel número de cuatro letras, que da el nombre a docena y que va antes del odiado trece para los supersticiosos. Encuentra el móvil que creía perdido la noche anterior en un exitoso intento por encontrar las llaves dentro de su bolso. Mientras deja atrás la puerta, desbloquea su teléfono, y contempla como decenas de personas han intentado comunicarse con ella. Repentinamente, todo comienza a darle vueltas se agarra a la barandilla de las escaleras e intenta subir las pocas escaleras que relativamente quedan hasta el primer piso. No lo consigue, pierde el conocimiento y se desploma. Yace inconsciente, su móvil permanece aun en su mano y sus llaves están cercanas a la zona de buzones.
Comienza a abrir los ojos. Todo esta borroso. Puede distinguir como su madre esta dormida en aquel sofá reclinable típico de los hospitales. Montones de cables la rodean, un pitido regular llega hasta sus oídos y en el mismo instante en el que recupera la nitidez en la vista entra por la puerta una nueva visita. Su madre despierta y entonces, asombrada no puede evitar abrazar a su hija. Su padre y su hermano acaban de llegar.
La enfermera no tarda, comprueba que todo esta bien y se va. A última hora de la tarde vuelve de nuevo a estar a solas con su madre. Han hablado de muchas cosas, pero todavía no le ha preguntado porque esta en el hospital, desde el momento en el que se agarro de la barandilla de su bloque de pisos, solo recuerda que tenia un mensaje de voz de su medico privado.
Días después, hace vida normal, frecuenta los sitios habituales y vuelve a casa. Pero no lo hace sola, es acompañada por diversas personas que se aseguran así que llega a su destino. Ha veces se le va la cabeza pero en seguida vuelve a poner los pies en la tierra y no le da importancia a los nuevos mareos. No se desvanece del todo y en pocos segundos logra recuperar la normalidad. Uno de esos días, entre el correo encontró una carta a su nombre de la clínica, se sentó en el sofá y detenidamente presto atención a lo que decía. Tras un saludo y una firma del doctor la carta finalizaba.
Creía que había dejado atrás sus problemas de salud, que estaba perfectamente y justo cuando todo había vuelto a la normalidad, le comunicaban aquello, no se lo podía creer, no, a ella no, era demasiado joven, demasiado sana, demasiado…
No podía ser ella, toda tenia que ser una confusión. No era capaz de asimilarlo, no, ¿porque ella? No. Llamo a la recepción del hospital, comprobó datos una, dos y tres veces, nada, ni un error, ni una simple falta de ortografía, leyó el informe varias veces y lloro, lloro como si todo estuviera llegando a su fin. Afortunadamente, todavía había una esperanza; estaba a tiempo de volver a nacer.
En la calle, los charcos inundaban las aceras, los jardines comenzaban a llenarse de barro y los carteles que anunciaban futuros conciertos se deshacían dejando marcas de pegamento en las fachadas de los edificios. Hacia horas que los comercios habían cerrado sus puertas, se había echo de noche y caminaba solitaria por aquella avenida. Comenzaba la madrugada.
Durante miles de segundos, se había dedicado a ponerse guapa, una rutinaria ducha de 10 minutos fue seguida de una ligera sesión de maquillaje y un toque de peluquería; estaba perfecta. Salio de su casa minutos antes de media noche, diversas y extrañas sensaciones recorrían su cuerpo alternativamente. De un instante a otro cambiaba del miedo a la locura, de la tristeza a la euforia, de la melancolía a la felicidad. Fue una noche fantástica para ella, disfruto al máximo y volvió a casa.
En el fondo de su bolso, oculto tras un paquete de pañuelos perfumados y su monedero, estaba su móvil, mudo, y almacenando decenas de llamadas perdidas y mensajes de voz. Ajena a los avisos del teléfono, entró en casa. En absoluto silencio e intentando hacer el mínimo ruido llego hasta su habitación, instantes después y sonriendo apoyo su cabeza en la almohada y cayó en las redes de Morfeo.
Una terrible manía por quitarse los calcetines antes de dormir, hacia que desde los últimos 4 años se despertara por las mañanas con los pies fríos. Tenía una manía mas reciente, durante los últimos doce días había sido incapaz de conciliar el sueño si dormía con algo en las muñecas. Pasara lo que pasara o tuviera las ganas que tuviera de irse a dormir, siempre sacaba cinco minutos para ella, se cepillaba los dientes, se soltaba el pelo y desnudaba sus muñecas. Tras el ritual se deslizaba entre las sabanas como una gota de agua por un cristal y en unos instantes estaba tranquilamente dormida. Al despertar se sentía como un mar en calma, totalmente relajada y renovada para enfrentarse a un nuevo día. Sus raras y curiosas manías.
Un despertador rompe el silencio existente en aquella casa inundada por los primeros rayos de luz de la mañana. Estira el brazo y logra parar aquel incordiante bip-bip-bip… con el que se despierta cada día. Juega a esconder la cabeza bajo la almohada, la claridad filtrada por aquellas rendijas de plástico es molesta y es incapaz de abrir los ojos. No tiene ni idea de la hora que puede ser, todavía no ha recuperado la noción del tiempo. Su cuerpo, sigue sumido en la más profunda relajación. Poco a poco va desperezándose ligeramente mientras deja de jugar al escondite. Minutos más tarde ha conseguido arrastrar su cuerpo hasta la cocina intentando no hacer ruido, los demás todavía duermen. Prepara su desayuno, como siempre una taza de leche con tres cucharadas de azúcar y media de café acompañada por un pedazo de croissant del día anterior.
Cae la tarde. Pasea tranquila y solitaria por las calles de la metrópolis. La gente va y viene, comercios llenos, vacíos, otros simplemente comercios sin más. Bares llenos, bares vacíos, terrazas que se llenan aprovechando la perfecta temperatura ambiente de aquella fantástica tarde de primavera. Familias felices, parejas a punto de convertirse en familias y niños, muchos niños felices o infelices que juegan a inventarse cuentos en los que ellos son los protagonistas. Continúa caminando, cree ver en todos aquellos niños su propio reflejo, recuerda que ella también imaginaba que los columpios la transportaban a un mundo a parte en el que todo era perfecto, pero cuando la fuerza de la gravedad la devolvía a la tierra se daba cuenta de que todo aquello quedaba encerrado en el mundo imaginado. Es tarde, después de unos últimos segundos de reflexión acerca de su infancia, pone rumbo de vuelta a casa. Enciende su ipod e instantáneamente logra quitar de su mente todos aquellos recuerdos. Acompañada por una buena canción de su grupo favorito, avanza por las calles que antes ha recorrido observando al detalle la manera en la que la gente actuaba. Al pasar por una avenida cercana a su casa, para frente a una juguetería, puede acordarse de cómo había sido capaz de convencer a su madre de que comprara aquella muñeca de trapo, no es una juguetería cualquiera, es su juguetería favorita. Sin pensarlo dos veces, entra en el local, de niña le gustaba el extraño ruido que hacía la madera a cada paso que daba con sus diminutos pies. Años después puede ver como los susurros de la madera han enmudecido y solo deja a su paso el sonido de sus tacones y alguna que otro rayón sobre el barniz. Da un par de vueltas por la tienda, y sin comprar nada, sale del mismo modo que entró. En su cara se pude ver una sonrisa sincera que derrocha ternura al salir de la embajada de los sueños.
18, 16,14 y al final de la calle puede verse como el doce numera su portal. Doce, aquel número de cuatro letras, que da el nombre a docena y que va antes del odiado trece para los supersticiosos. Encuentra el móvil que creía perdido la noche anterior en un exitoso intento por encontrar las llaves dentro de su bolso. Mientras deja atrás la puerta, desbloquea su teléfono, y contempla como decenas de personas han intentado comunicarse con ella. Repentinamente, todo comienza a darle vueltas se agarra a la barandilla de las escaleras e intenta subir las pocas escaleras que relativamente quedan hasta el primer piso. No lo consigue, pierde el conocimiento y se desploma. Yace inconsciente, su móvil permanece aun en su mano y sus llaves están cercanas a la zona de buzones.
Comienza a abrir los ojos. Todo esta borroso. Puede distinguir como su madre esta dormida en aquel sofá reclinable típico de los hospitales. Montones de cables la rodean, un pitido regular llega hasta sus oídos y en el mismo instante en el que recupera la nitidez en la vista entra por la puerta una nueva visita. Su madre despierta y entonces, asombrada no puede evitar abrazar a su hija. Su padre y su hermano acaban de llegar.
La enfermera no tarda, comprueba que todo esta bien y se va. A última hora de la tarde vuelve de nuevo a estar a solas con su madre. Han hablado de muchas cosas, pero todavía no le ha preguntado porque esta en el hospital, desde el momento en el que se agarro de la barandilla de su bloque de pisos, solo recuerda que tenia un mensaje de voz de su medico privado.
Días después, hace vida normal, frecuenta los sitios habituales y vuelve a casa. Pero no lo hace sola, es acompañada por diversas personas que se aseguran así que llega a su destino. Ha veces se le va la cabeza pero en seguida vuelve a poner los pies en la tierra y no le da importancia a los nuevos mareos. No se desvanece del todo y en pocos segundos logra recuperar la normalidad. Uno de esos días, entre el correo encontró una carta a su nombre de la clínica, se sentó en el sofá y detenidamente presto atención a lo que decía. Tras un saludo y una firma del doctor la carta finalizaba.
Creía que había dejado atrás sus problemas de salud, que estaba perfectamente y justo cuando todo había vuelto a la normalidad, le comunicaban aquello, no se lo podía creer, no, a ella no, era demasiado joven, demasiado sana, demasiado…
No podía ser ella, toda tenia que ser una confusión. No era capaz de asimilarlo, no, ¿porque ella? No. Llamo a la recepción del hospital, comprobó datos una, dos y tres veces, nada, ni un error, ni una simple falta de ortografía, leyó el informe varias veces y lloro, lloro como si todo estuviera llegando a su fin. Afortunadamente, todavía había una esperanza; estaba a tiempo de volver a nacer.
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