viernes, 29 de enero de 2010

A la luz de la vela

Aún recuerdo aquellos momentos, en aquella fría silla del bar del final de la calle. Momentos que nunca olvidaré.

Hacía ya treinta y cinco años que no le veía. O al menos físicamente.
Desde el accidente todo fue distinto, o quizá no todo.

Cada tarde, ambos nos sentábamos en el mismo bar, en la misma esquina, en la misma mesa apartada de la pequeña puerta de metal.
Solíamos pasar allí interminables tardes lluviosas de octubre. Tardes que para mí no eran lluviosas, sino soleadas. Cuando caía la noche, él me acompañaba hasta mi casa, a dos manzanas de aquel mágico lugar.

Pasábamos cerca de tres horas hablando, con nuestros batidos de fresa fríos y húmedos, como sus labios. Yo, cada tarde, iba con un imponente vestido que resaltaba mi blanca sonrisa, y con las candelas encendidas, me decía:
- Estás preciosa a la luz de la vela.

A la luz de la vela.
Mientras mis pupilas se dilataban, una suave sonrisa aparecía de nuevo en mi rostro.

Pero, después del accidente, a la hora de acostarme, una voz, en mi interior, en mi cabeza, decía:
- A la luz de la vela.

Cada noche, yo podía sentir su voz, sentir sus azabaches ojos tocar mis oscuras pupilas, sentir sus pensamientos en mis pensamientos. Sentir su piel rozar con la mía, mientras un precioso escalofrío me recorría todos los espacios de mi cuerpo.

Cada noche, soñaba con su rostro, con sus manos, con sus labios juntándose con los míos.

La última tarde que compartimos, la última vez que pudimos besarnos, la última vez que pude ver aquel destello en sus ojos que le hacía parecer más especial de lo que ya lo era para mí. Las últimas palabras que salieron de sus fríos labios:
- Volveré. Estate segura de que volveré para ver esa sonrisa, esos ojos, y sobre todo, ese maravilloso rostro alumbrado por la luz de la vela.

Jamás olvidaría esas palabras. Jamás.


Y ahora, y durante los últimos treinta y cinco años, he estado allí, esperándole, esperando a que él volviera. Y seguiré estando en aquella mesa apartada, en aquella esquina, en aquel bar del final de la calle, donde yo aguardaría su llegada.
Puede que haya quien me llame loca. Puede que haya quien me llame cándida, ingenua, pero yo, yo no lo veo así. Él me prometió que volvería y nunca, nunca, rompía sus promesas.

Yo le esperaré, cueste, lo que cueste, tarde lo que tarde, pero siempre, siempre, le esperaré, y le esperaré, y le esperaré,…


Texto escrito por: Tweetty

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